VIAJE A RIO GRANDE DO SUL

Trecho del diario del biólogo francés Auguste de Saint-Hilare, referente a su pasaje por Porto Alegre, en el año de 1820.

(traducción de Adroaldo Mesquita da Costa)

Capítulo I

Porto Alegre, 21 de julio de 1820 - Porto Alegre, sede de la Capitanía de Rio Grande do Sul, residencia del general y del oidor, está situada en agradable posición, sobre una península formada por una colina que avanza en la dirección norte sudeste, sobre la Lagoa dos Patos. Esta Lagoa mide sesenta leguas de largura, tiene, en su origen, los nombres de Lagoa de Viamão o Lagoa de Porto Alegre. Se extiende, en principio, de norte a sur, sus aguas de una corriente sensible son, ordinariamente, dulces, en una extensión de treinta leguas. La laguna debe su origen a cuatro ríos navegables, que reúnen aguas en frente de Porto Alegre y que, divididos en su embocadura, en un gran número de brazos, forman un laberinto de islas; tres de esos ríos, el Gravataí, que es el más oriental, el Río dos Sinos y el Río Caí, vienen del norte, nacen en la Serra Geral y tienen pequeño curso. El cuarto río, de nombre Jacuí o Guaíba, es mucho mayor que los otros; viene del oeste y recibe en su curso numerosos afluentes.

La ciudad de Porto Alegre se eleva en anfiteatro, sobre uno de los lados de la colina de la que ya hablé, volcado para el noroeste. Se compone de tres largas calles principales, que empiezan un poco más allá de la península, en el continente, se extiende, en toda su largura, paralelamente a la laguna, y lo atraviesan otras calles mucho más cortas, trazadas sobre el declive de la colina. Varias de esas calles transversales están empedradas; otras sólo en parte, pero todas en muy mal estado. En la llamada Rua da Praia, que es la más próxima de la laguna, existe, por casi toda parte, de frente de cada grupo de casas, una acera hecha de lajas delante de la cual se colocan, de distancia en distancia, marcos estrechos bastante altos.

Las casas de Porto Alegre están cubiertas de tejas pintadas de blanco en su parte anterior, construidas en ladrillo sobre cimientos de piedra y bien conservadas; la mayor parte posee balcones; son en general, mayores que las de las otras ciudades del interior de Brasil y muchas poseen un piso además de la planta baja otras tienen incluso dos.

La Rua da Praia (vea imágenes: 1, 2 , 3), la única comercial, es extremadamente movida. En ella se encuentran numerosas personas a pie y a caballo, marineros y muchos negros, cargando fardos. Está provista de tiendas muy bien instaladas, de ventas bien surtidas y de talleres de varias profesiones. Casi a igual distancia de esta calle hay un gran muele que avanza en dirección a la laguna, y a la cual se tiene acceso por un puente de madera ancho de aproximadamente cien pasos de largura, guarnecida protecciones y sustentada por pilares de piedra. Las mercancías, que ahí se descargan, se recibidas en la extremidad de ese puente, debajo de un almacén de veintitrés pasos de ancho por treinta de largo, sostenido sobre ocho pilastras de piedra, en el que se apoyan otras de madera. La vista de ese muelle sería de un bello efecto para la ciudad, si no estuviese perjudicada por la construcción, a la entrada del puente, de un edificio muy pesado y rústico que mide cuarenta pasos de largura, para servir de aduana.

Una de las tres grandes calles, llamada Rua da Igreja (actualRua Duque de Caxias), se extiende por la cima de la colina. Es ahí donde se encuentran los tres principales edificios de la ciudad: el Palacio, la Iglesia Parroquial y el Palacio de la Justicia. Están construidos en línea, uno al pie del otro, volcados para el noroeste, y del otro lado de la calle, en frente, levantaron apenas un muro de apoyo para no perjudicar uno de los más bellos panoramas existentes. Abajo de ese muro, sobre el declive de la colina, una plaza, infelizmente muy irregular, cuyo terreno está sostenido por piedras que mal afloran a la superficie, formando canteros dispuestos en rombos (vea imágenes de la actual Praça da Matriz).

Además de la Rua da Igreja, del Palacio, de los edificios próximos a esa plaza y a las casas construidas más abajo, se ve la laguna (vea imágenes: 1, 2), que puede tener el mismo ancho del Loire en Orleans, rodeada de islas bajas, cubiertas de vegetación poco crecida. Entre ellas, se ven serpentear los brazos de los cuatro ríos que mencioné anteriormente, pero es imposible determinar, exactamente, a qué río pertenecen porque, antes de llegar a la laguna, ellos se cruzan y se confunden. Las aguas que corren en dirección a Gravataí, en la extremidad más oriental de la laguna, ahí llegan describiendo una inmensa curva (vea imagen), presentándose como un bello río, distinto de los demás. Un poco más al norte, otras aguas forman una gran cuenca, comprendida entre dos franjas de tierra, que ambas se curvan en semicírculo dejando en su extremidad sólo una abertura muy estrecha. Algunos trechos de los ríos se muestran por detrás de las islas, y de esa mezcla de agua y tierra resulta un conjunto muy agradable. Para completar ese cuadro, añadí que el horizonte está limitado por las cumbres de la Serra Geral, que toma la dirección de este para el norte y se pierde en la distancia.

Deseándose apreciar un paisaje diferente, pero también lleno de bellezas, basta, justo cuando se llega al punto más alto de la ciudad, en la Rua da Igreja, volverse para el lado opuesto a aquel que acabo de describir (vea imagen).

La parte de la laguna que baña la península del lado sudoeste forma una gran bahía de forma semielíptica, de aguas generalmente tranquilas. Un valle, largo y poco profundo, limita la parte más baja de la bahía; en las márgenes el Conde Figueira mandó plantar, recientemente, una fila muy ancha de higueras salvajes que, en el futuro, constituirá agradable lugar para paseos. Más adelante, el terreno se encuentra cubierto de árboles y principalmente de arbustos; se ven, aquí y allí, casas de campo; más allá, al final, se extienden vastos céspedes cubiertos de bosques y filas de arbustos copados que dibujan los contornos irregulares de gran número de setos. La laguna se extiende oblicuamente para el sur, seguida de colinas poco elevadas; se confunde en el horizonte con las nubes y a lo lejos se ven rocas blancuzcas que surgen al medio de las aguas (actualmente conocida como "Isla del Presidio"). El panorama que se observa delante de los ojos, del lado noroeste, es más agradable y más animado; alguna cosa de tranquilo que invita al sueño.

Los edificios construidos en la cima de la colina no presentan, además de esa, otra belleza a no ser la de su situación; se puede realmente afirmar que ellos no están a la altura de la importancia de la ciudad y riqueza de la Capitanía.

El Palacio del Gobernador no pasa de una construcción común, de un único piso y nueve barandas adelante. Internamente mal dividido, no posee una pieza donde se pueda recibir una sociedad tan numerosa como la que se reuniría fácilmente en Porto Alegre. El Palacio de la Justicia es aún mucho más mezquino; sólo tiene el pavimento de planta baja. La Iglesia Parroquial, cuyo acceso se hace por una escalera externa, tiene dos torres desiguales; es clara y bien adornada, con dos altares, además de los que se encuentran en la capilla mayor; pero es muy pequeña, pues conté apenas cuarenta pasos de la capilla mayor hasta la puerta.

Los otros edificios públicos de Porto Alegre son menos importantes que esos que vengo describiendo. Además de la iglesia parroquial, se ven y otras dos más todavía no terminadas. En una, sin embargo, celebran misa: en la otra, todavía no cubierta, está con su construcción paralizada. La Casa de la Cámara no pasa de un pavimento de planta baja (Casa Rosa). Un particular, desde que medianamente rico, no querría habitarla. Aquí, la cadena no hace parte del edificio de la Casa de la Cámara. Hay dos muy pequeñas, localizadas a la entrada de la ciudad. En la extremidad de la Rua da Praia, dos construcciones vecinas sirven de almacenes para la marina, de depósito de armas, y donde se instalaron, para las necesidades de las tropas, oficinas de armero, de carros y sillero. Admiré el orden, el arreglo; podría también decir, la elegancia, reinante en la sala destinada a las armas de reserva. Del lado de la laguna, donde esos edificios tienen fachada, cada uno presenta una especie de cuerpo principal alargado, sólo de pavimento de planta baja en cuya extremidad hay un pabellón de un piso. Entre los dos edificios, hay un espacio considerable que corresponde, en plan más elevado, la Iglesia de las Dores (vea imágenes: 1, 2), una de aquellas de la que ya hable. De frente a la iglesia, además de los almacenes, y por lo tanto, próximo a la laguna, se ve una columna encimada por un globo, que indica ser la ciudad sede de una comarca (vea imagen). Delante de ella se constituyó un doble rompe mar de piedra, destinado a servir de muelles para dos almacenes. Ese conjunto formaría un bello efecto, si la iglesia estuviese concluida, si el terreno existente entre ella y los dos almacenes hubiese sido nivelado y si estos, aunque construidos bajo el mismo modelo, no presentasen diferencias chocantes. Fuera de la ciudad, sobre uno de los puntos más elevados de la colina, donde ella se encuentra construida, se inició la construcción de un hospital (Hospital Santa Casa), cuyas proporciones son tan grandes, que probablemente no se termine tan temprano; pero su posición fue escogida con rara felicidad, porque es bastante ventilado, bastante alejado de la ciudad, para evitar contagios; al mismo tiempo, muy cercano para que los enfermos se queden al alcance de socorro de cualquier especie; se escogieron el lado noroeste de la península para ahí construir la ciudad, fue porque los navíos sólo por este lado pueden ancorar. Sin embargo, hay también casas en el lado opuesto de la colina sin embargo desparramadas y mal alineadas, entremezcladas de terrenos baldíos, en la mayor parte pequeñas, mal construidas y casi todas habitadas por gente pobre. Desde que aquí me encuentro, ya conté cerca de veinte a veinticinco embarcaciones en el puerto, y me aseguraron que hay, muchas veces, hasta cincuenta. Pueden entrar en el puerto navíos a vela y embarcaciones de tres mástil.

Situada al margen de una laguna, que se extiende hasta el mar, pudiendo, al mismo tiempo, comunicarse con el interior por varios ríos navegables, cuya embocadura queda delante de su puerto, la ciudad de Porto Alegre debe, necesariamente, transformarse en breve, rica y floreciente. Fundada hace cerca de cincuenta años, ya cuenta con una población de diez a doce mil almas, y alguien, ahí residente hace diecisiete años, me informa que en ese espacio de tiempo, ella aumentó en dos tercios. Puede ser considerada como principal entrepuesto de la Capitanía, sobre todo de las regiones que quedan al noroeste. Los negociantes adquieren casi todas las mercancías en Río de Janeiro y las distribuyen en los alrededores de la ciudad; a cambio exportan, principalmente, cueros, trigo y carne seca; es también de Porto Alegre que salen todas las conservas exportadas de la provincia. El rápido aumento de la población hizo que los terrenos se tornasen más valorizados aquí que en las ciudades del interior; pocas casas poseen jardines y muchas no tienen ni siquiera quinta; de ahí un grave inconveniente de tirar a la calle toda la basura, haciéndolas inmundas. Las encrucijadas, los terrenos baldíos y, principalmente, las márgenes de la laguna están llenas de mugre; los habitantes sólo beben agua de la laguna y, continuamente, se ve a negros llenando sus cántaros en el mismo lugar en que otros acaban de lavar las más puercas vasijas.

Sobre la contaminación de Porto Alegre ya dijo que se compone, principalmente, de blancos, en general, grandes, bien constituidos, de bella tez; añadí que las mujeres son muy claras, y varias de ellas muy bonitas, no se esquivan a conversar con hombres, teniendo maneras delicadas y un tono distinguido. Aquí no hay tanta vida social como en las ciudades europeas; sin embargo hay mucho más que en otras ciudades de Brasil.

Son frecuentes las reuniones en las residencias para fiestas nocturnas, y algunas señoras tocan, con maestría la guitarra y el piano, instrumento este desconocido en el interior, por causa de las dificultades de su transporte. Es en la Rua da Praia, cerca al muelle, que está el mercado; en él se venden naranjas, maníes, carne seca, pan, pescado, leña y legumbres, principalmente col. Como en Río de Janeiro, las vendedoras son negras; algunas venden acuclilladas junto a la mercaderías; otras poseen barracas, dispuestas desordenadamente. Se ven, también, en Porto Alegre, negros que venden haciendas por las calles. Actualmente venden mucho el fruto de la araucaria, al que llaman piñón, nombre que se da, en Europa, a las semillas de pino. Las usan cocidas o ligeramente asado, al té o entre las comidas, siendo frecuente regalarles a los amigos.

Porto Alegre, 26 de julio - Parece que seguiré mañana con el conde para Río Grande. Llevaré conmigo solamente a José Mariano; Firmiano y Laruotte seguirán por la laguna, con mi equipaje. En lo que se refiere al negro Manoel, a quien yo pagaba desde Curitiba, sin que me fuera de ninguna utilidad, y del cual he soportado, con tamaña paciencia, los excesivos melindres, resolvió dejarme en el justo momento en que podía prestar algún servicio, pues debía conducir, en este viaje, dos mulas cargadas de maletas. El único motivo que me alegó fue que deseaba volver a su tierra. Reduje, por eso, mi equipaje a dos maletas, que podrán ser llevadas por unos de los animales del conde, conducido por un empleado de su ayudante de campo. Este viaje me contraria más de lo que puedo decir. Debemos ir muy deprisa; llegaremos tarde y partiremos temprano; no gozaré de ninguna libertad; nada podré hacer además de este diario.

Con el imprestable José Mariano, estaré a merced de toda gente y no sabré lo que se hará de mi equipaje. Fuera eso, es necesario que deje aquí casi todo mi equipaje con Laroutte y Firmiano, empleados, también, sin ninguna experiencia. No sé cuándo podrán embarcar, siendo muy probable que me demore mucho más tiempo en Río Grande, a la espera de ellos, desprevenido de todo y sin saber qué resolución tomar.

Porto Alegre, 27 de julio - No partiremos hoy, como era esperado, porque llovió durante todo el día; se pasa el tiempo, nada hago y este viaje se prolonga más de lo que deseaba.